“No había tiempo donde no había entonces.” — San Agustín
“El tiempo imaginario puede eliminar el comienzo del universo.” — Stephen Hawking
El tiempo es una paradoja que solo cobra sentido cuando la conciencia lo observa. Antes de que existiera el mundo, dice San Agustín, no había “entonces”, porque el tiempo mismo nació con la creación. No es una sustancia que fluya fuera de nosotros, sino una forma del alma, una manera de medir el movimiento de las cosas y de los pensamientos. El pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, y el presente —esa línea sin espesor— se escapa en el mismo instante en que intentamos fijarlo.
Siglos después, Stephen Hawking propuso una respuesta desde la física: si el tiempo tuviera una componente “imaginaria”, como los números complejos de las matemáticas, entonces el universo no tendría un comienzo definido. El Big Bang dejaría de ser un punto inicial y se convertiría en una transición suave, sin origen ni borde. En ese marco, preguntar qué ocurrió antes del tiempo deja de tener sentido, porque el “antes” simplemente no existe.
Entre la visión teológica de Agustín y la cosmología de Hawking se abre un territorio intermedio: el de la mente humana. La mente no necesita ecuaciones para desplazarse por el tiempo. Puede habitar simultáneamente la niñez recordada, la madurez consciente y un porvenir todavía imaginado. En un solo acto de pensamiento, los distintos momentos de la vida se entrelazan, no como hechos sucesivos, sino como presencias superpuestas que el recuerdo y la expectativa mantienen vivas.
El cerebro, con su red de impulsos eléctricos y su frágil arquitectura sináptica, no reproduce el tiempo: lo reinventa. En cada evocación altera la secuencia de los hechos; en cada anticipación, proyecta una realidad que aún no existe. Su aparente precisión esconde una enorme plasticidad, una capacidad de deformar el tiempo vivido y el tiempo posible.
Tal vez por eso el ser humano percibe el tiempo no como una coordenada del universo, sino como una condición de su experiencia. Cuando no hay mente, no hay antes ni después, solo materia indiferente al paso de los segundos. Quizá el tiempo, en su sentido más profundo, no sea una dimensión del cosmos, sino un modo de la conciencia.
Y así, donde no había entonces, donde nada aún sucedía, ya estaba contenida la posibilidad de que algo —alguien— pudiera pensar el paso del tiempo.
